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Mi devoción por Ewan McGregor y el “recién descubierto por mí” Ryan Gosling fueron los decisivos elementos para ver esta película, que al más puro estilo Mulholland Drive (David Lynch), habla sobre la vida de Henry, un estudiante de psicología y aficionado pintor con un oscuro pasado y cuyo único objetivo es el de acabar con su vida al cumplir los 21 años.

Sam (McGregor) será el psicólogo encargado de evitar tan desastroso final, pero por el camino se verá envuelto en una serie de contratiempos de lo más inexpicables, haciéndole muy difícil la tarea de saber si lo que está pasando es real o no.

Este film consigue mantener en vilo al espectador en los 99 minutos de metraje, quién se pregunta que está pasando y la confusión del cuál hace mantener una atención constante que se traduce en una intriga genial.

No se puede dejar de pensar en múltiples desenlaces que quizás recuerden a otros títulos como el mencionado Mulholland Drive o, si me apuráis, El sexto sentido (exceptuando el factor sobrenatural).

Un film con tonos oscuros, tanto por el guión, la puesta en escena que “descoloca”, transiciones imposibles (e increíblemente bonitas), saltos de imagen, repeticiones constantes, conversaciones extrañas y música triphop. Una delicia de película.

Lo mejor: Transiciones muy logradas, encuadres extraños, imágenes imposible y localizaziones muy bien escogidas.
Lo peor: un final que no acaba de sorprender demasiado.
El detalle: lo bien atado que está todo el guión.
La secuencia: el comienzo de la película, con el accidente de coche, que se va repitiendo a lo largo del film.
La frase: ‘ El suicidio es la forma más elegante de morir’.

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