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Terrence Malick, poética en la pantalla por Carlos Boyero (El País)

(…) Hay tanta densidad en El árbol de la vida que a veces me pierdo y en otras ocasiones me conmueve. La media hora inicial la veo en estado de hipnosis aunque me resulte difícil saber de qué está hablando. Creo que del nacimiento del mundo. Esa catarata de imágenes retratando la naturaleza, olas, cascadas, volcanes en erupción, meteoritos que se dirigen a planetas y dinosaurios que acampan plácidamente en los ríos, tienen el aroma de los grandes documentales sobre las maravillas de la tierra, pero estoy deseando que aparezcan seres humanos, que me entere de cuál es la relación de lo que veo con la futura historia. Y cuando llega esa historia está retratada de forma deslumbrante.

La protagonizan un matrimonio y sus tres críos. El padre es tan honrado como autoritario, la madre es pura vida y generosidad. Pero lo más hermoso es cómo está captado el mundo de la infancia, todas esas cosas que marcarán la personalidad adulta. Malick se inventa un lenguaje de artista superior para hablar de la iniciación, del descubrimiento permanente. Su prodigiosa cámara recrea juegos, estados de ánimo, miedos, visiones, enigmas, amores, paisajes, libertad, asombro, dudas, olores, revelaciones que te acompañarán toda tu vida y la lacerante nostalgia de haber vivido alguna vez en un paraíso que se ha perdido. Las relaciones de estos niños entre ellos, con su padres, con las personas y las cosas, con la naturaleza, con los milagros cotidianos, poseen la cadencia, la complejidad, el poder de evocación y la magia de los mejores poemas.

Entre estos críos también aparece la odiosa muerte. Toda la parte final se recrea en el metafísico anhelo de uno de los hermanos, que ya ronda la cincuentena, por recobrar en medio de paisajes que remiten a los sueños al hermano muerto, a ese padre con el que hubo tanto amor como desencuentros y violencia, a esa familia sepultada. Y al igual que en el arranque vuelvo a perderme entre tanta transmutación de las almas, en medio de una espiritualidad que me acaba abrumando. Las cosas que me gustan en esta película son muchas e inolvidables, pero las que no comprendo, a pesar de su intensidad, me distancian y me cansan. Entiendes las razones de que el aquí admirable Brad Pitt, o Sean Penn en un papel breve, o el exquisito director de fotografía Emmanuel Lubezki, o el músico Alexandre Desplat sepan que es un honor ayudar a la transmisión del mundo de Terrence Malick. Es un autor que no se parece a ningún otro. En sus virtudes y en sus defectos.

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